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Cuando el mosquito no es el único responsable Reflexión sobre la crisis epidemiológica en Cuba

  • Foto del escritor: Mauricio Amat
    Mauricio Amat
  • 8 nov
  • 2 Min. de lectura


Proteger la salud pública no consiste en culpar al mosquito, sino en transformar las condiciones que permiten que una simple picadura se convierta en un problema nacional.

Hablar desde la ciencia es necesario.

Hablar con empatía es inevitable.

Y hablar con sentido crítico es una obligación moral.

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La verdad es simple, aunque dolorosa:

✅ Sí, el mosquito transmite.

❌ Pero la epidemia no es culpa del mosquito.


Es el resultado de una combinación de factores ambientales, sanitarios y sociales que se han acumulado durante años.


La desconfianza crece entre la gente porque, cuando no hay información clara ni datos oficiales, los rumores llenan el vacío. Esa falta de transparencia debilita la confianza y frena la respuesta colectiva ante la crisis.


Indigna ver cómo el peso de la culpa siempre recae en el insecto, mientras las causas reales —el deterioro ambiental, la falta de planificación y el abandono de los sistemas de control sanitario— permanecen intactas. Duele comprobar cómo comunidades enteras enfrentan la enfermedad con fiebre, dolor y desinformación, en hospitales sin recursos y barrios donde la limpieza depende más del esfuerzo vecinal que de una estrategia efectiva.

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El mosquito no es un enemigo nuevo ni misterioso. Su biología es conocida y su comportamiento, predecible. Lo imprevisible —y por eso más preocupante— es la falta de gestión sanitaria, la respuesta tardía y la improvisación. Culpar solo al mosquito es una forma cómoda de no mirar más allá.


La verdad es que las epidemias no surgen por generación espontánea. Son el resultado de una cadena donde intervienen tres elementos inseparables: el virus, el vector y el entorno. En Cuba, los tres factores se encuentran fuera de control.

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Una situación de esta magnitud solo puede expandirse en un contexto donde abundan los criaderos: agua estancada, basura acumulada, salideros, tanques sin tapa y un sistema de saneamiento deteriorado. A eso se suman la escasez de materiales médicos, la falta de estadísticas confiables, la interrupción de programas de vigilancia y la ausencia de planes sostenidos de intervención.


Las enfermedades que hoy afectan a la población —dengue, chikungunya y Oropouche— son transmitidas por mosquitos del género Aedes. Pero limitar la explicación de esta crisis sanitaria a un insecto sería cerrar los ojos ante las verdaderas causas.


Sí, el mosquito pica y transmite, pero la magnitud del brote revela algo mucho más profundo: un entorno colapsado, un sistema sanitario sobrecargado y una estructura que no ha sabido prevenir ni responder a tiempo.

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Por eso, reducir la epidemia cubana a “la picadura de un mosquito” es ignorar lo esencial. El insecto es solo el mensajero; el mensaje está en las condiciones que lo permiten multiplicarse. Y mientras esas condiciones no cambien, ninguna fumigación bastará para frenar la enfermedad.

 
 
 

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